Seguir un orden sensato de las comidas y hacer de su ingesta una rutina más en nuestra vida enclavada siempre en un mismo horario es una de las premisas básicas que seguir para mantener el peso.
Esto nos ayudará a que el cuerpo se acostumbre a las horas a las que recibirá la comida, evitando que haya días que entre desayuno y almuerzo pasen cuatro horas, y otros en los que haya ocho. En el segundo caso podríamos sobrealimentar el cuerpo por culpa del exceso de hambre. A esto habría que añadirle un metabolismo basal mucho más equilibrado que queme siempre una misma cantidad de calorías propias para nuestro cuerpo.
Además, los teóricos justifican la rutina horaria con el hecho de evitar enfermedades de origen cardiaco u otras relacionadas con la presencia de azúcar en sangre e incluso con el colesterol.
De esta manera, el consejo más básico e importante que podemos ofrecer es el de planificar el horario de las comidas lo máximo posible.
Por ejemplo, si siempre llegamos de trabajar a las tres y media de la tarde, comer siempre a las cuatro, tomar algo a media tarde no más allá de las siete y media y cenar como muy tarde a las diez. Amén de todo esto, entre el desayuno y el almuerzo habrá que tomar algo sano y equilibrado, siguiendo también siempre un mismo horario.
Con estas medidas acostumbraremos al cuerpo a pasar cierta hambre “lógica” todos los días, aunque también dependerá de nuestra fuerza de voluntad para no picar nada antes de comer por muchas ganas que tengamos. Igualmente, el hambre también nos hará comer más rápido, por lo que habrá que controlar también la velocidad a la que ingerimos los alimentos, aunque de ello hablaremos más adelante.

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